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Durante las
Jornadas reinó entre los representantes de las distintas religiones un increíble ambiente de
fraternidad
DECLARACIÓN PREVIA DE LAS
JORNADAS
"UNA NUEVA Y ENRIQUECEDORA REALIDAD
SOCIAL"
En
un mundo gobernado básicamente por criterios económicos y en el que dos tercios de su población se
sume en la pobreza, el aumento de la inmigración y los movimientos de refugiados que huyen de la
guerra o de la falta de derechos políticos y civiles en sus países suponen una realidad vigente en
nuestra sociedad occidental.
Cada
vez más personas de diferentes culturas y religiones nos vemos conducidas a un proceso irreversible
de mutua convivencia.
Esta
coexistencia con comunidades diferentes a las nuestras origina a menudo tensiones, recelos y
conflictos, máxime cuando las referencias sobre “los otros” que recibimos a través de los medios de
comunicación suelen ser negativas en su mayoría, por la estrepitosa resonancia de las llamadas
guerras de religión, el miedo generado ante posibles atentados terroristas de grupos
fundamentalistas o la detección de grupos europeos de criminales organizados.
Desde
nuestro desconocimiento, a menudo confundimos religión con identidad étnica o tradición cultural y
tampoco somos capaces de percibir que, probablemente, el uso con fines políticos de la religión, la
búsqueda de poder a través de ella, unido a las desigualdades y a la pobreza es lo que alimenta el
fanatismo y el resurgir de mentalidades radicales
Todo
ello, favorece nuestra tendencia a generalizar, a crear estereotipos, a evaluar y juzgar
parcialmente, desde la ignorancia y el miedo, a los que no son como “nosotros”.
Así
pues, el proceso de convivencia en la diversidad que podría suponer un recíproco enriquecimiento,
una búsqueda común de justicia y de paz, y una necesaria reflexión autocrítica de todas las
sociedades, culturas y religiones, en la práctica se percibe con desconfianza ante el “otro”, a
veces con temor, casi siempre con incomprensión y muchas veces con rechazo. Acostumbramos a filtrar
aquello que nos es nuevo a través de nuestro propio tamiz, al que consideramos, sin lugar a dudas,
como el apropiado, el único válido, el único capaz de descubrirnos la Verdad.
Reaccionamos,
pues, reafirmando nuestra propia identidad individual y colectiva, nuestras propias convicciones y
nuestros propios credos, reivindicando nuestra superioridad moral y desarrollando la necesidad de
protegernos contra el “otro”.
La
diversidad cultural y religiosa del mundo es una realidad que necesita ser comprendida y aceptada
como el mejor de los legados y el tesoro más preciado de la estirpe humana.
Tan
sólo desde el conocimiento veraz y no contaminado; desde el respeto a las tradiciones históricas de
otros pueblos; desde el deseo sincero de renunciar a estereotipos aprendidos, de relacionarnos con
gentes de otras religiones y culturas; desde la renuncia a nuestra creencia de estar en posesión de
la única verdad; desde el pleno convencimiento de que no debemos eliminar ni desdeñar nuestras
diferencias, sino abrirnos a ellas desde la confianza, el respeto y el propósito de enriquecernos
aunando nuestros conocimientos; tan solo entonces, seremos capaces de crear un mundo diferente de
concordia y convivencia pacífica.
No
es fácil para nadie esta tarea porque no se trata tan solo de aprender a respetar a nuestros nuevos
vecinos de escalera. Ambos necesitamos de una enorme capacidad para el desapego, una sincera y
tenaz búsqueda de diálogo y de entendimiento y, seguramente, grandes dosis de paciencia y humildad
por ambas partes.
Nos
negamos a creer que exista un solo pueblo en el mundo cuya máxima aspiración sea otra que la de
vivir en paz y en armonía.
Nos negamos a creer que exista un solo pueblo en el mundo que no esté dispuesto a trabajar por
dejar un mundo más justo y equilibrado para sus hijos.
Nos negamos a creer que exista una sola religión en el mundo, donde la raíz de su tradición
espiritual sea otra que la del amor, la compasión y la búsqueda de sabiduría.
A
partir de estos preceptos, sería conveniente abandonar todo tipo de prejuicios y estereotipos
creados mediante usos políticos, radicales o fundamentalistas de la religión y de la cultura, y
ponernos a trabajar con confianza, abiertos a modificar creencias profundamente
arraigadas.
Creyentes y no creyentes del mundo estamos obligados a entablar un diálogo de vida en común, un
diálogo que puede descubrirnos nuevas perspectivas y matices, y facilitarnos nuevos recursos que
nos ayuden a mejorar como personas y que nos permita avanzar en perfecta armonía por el nuevo mundo
que estamos construyendo. Un mundo nuevo en el que las fronteras se esquivan y se acortan
distancias entre pueblos, razas, culturas y religiones.
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