Ejerzo de funcionaria desde hace más de 30 años y la rebeldía que me caracterizó siempre la
llevé también a mi trabajo: Jamás, jamás, dejé de participar en una huelga, en un paro
horario... aunque no fuese conmigo, siempre actué de forma solidaria en este sentido. Incluso
llegué a tener un cargo de responsabilidad en un sindicato.
Pero esta vez yo he sido una de esas personas que no han ido a la huelga. He optado por asumir
plenamente mi responsabilidad: mi parte de responsabilidad en el proceso que nos ha conducido
hasta la crisis que padecemos, y mi parte de responsabilidad en la forma de salir de
ella.
No puedo escurrir el bulto justificando mi actitud en la actitud que adopten los demás. De la
misma manera que no puedo actuar pasivamente ante una guerra porque los gobiernos lo hagan, ni
puedo tirar una colilla al suelo porque los demás lo hagan, ni malgastar el agua, porque los
demás lo hagan, ni dejar de hacer cualquier cosa porque los demás no lo hagan.
Esa actitud ante la vida ya no calma mi conciencia, afortunadamente. Entendí e integré en mí
esas frases tan manidas como “el cambio empieza por uno mismo” “Si quieres cambiar el
mundo cámbiate a ti”,...
En este momento social tan crítico que atravesamos, entiendo que es imprescindible que se
produzca un cambio. Entiendo que es necesario que cada uno demos un paso más allá de nuestras
teorías y empecemos a llevarlas a la práctica. Entiendo que hay que dejar de hablar de
solidaridad y justicia y aplicarnos esos conceptos a nosotros mismos.
Tal vez nuestro sistema económico y social esté en crisis, pero yo no lo estoy como persona, y
me niego a dejarme arrastrar interiormente por esta crisis, por este caos, por este ambiente
convulso de crispación e indignación que solo mueve a las masas cuando les tocan sus propios
bolsillos.
Sí, me han tocado el bolsillo, y sé que hay otros más llenos que el mío; y sé que siempre nos
toca a los mismos; y sé que hay agujeros de fraude fiscal que aliviarían o, incluso,
resolverían esta crisis. Sé que hay gente que con lo que cobra en un mes alimentaría a docenas,
cientos o, incluso, miles de familias... claro que lo sé. Y espero que los poderes públicos los
busquen y sacudan en sus bolsillos en la misma proporción que lo han hecho con el mío.
Pero eso no justifica que yo no arrime el hombro.
Sé que hay gente muy por encima de mí que no lo hace, pero también sé que hay otra muy por
debajo de mí que me necesita.
Tendré que ajustarme un poco más. Es verdad que ya me viene justito y, ahora, me vendrá un poco
más apretado. Pero he hecho revisión de mi día a día, de mis hábitos y costumbres y soy
consciente de que la mayoría de esas cosas que considero “necesarias” no lo son en
realidad.
Es mi responsabilidad; también es la responsabilidad de otros, lo sé. Pero, además, se trata
también de una cuestión de conciencia: allá los demás con sus propias
conciencias.
Recibo mails de un amigo desde Camerún, que trabaja para una ONG. Cuando los leo totalmente
conmovida, no puedo sino mirar a mi alrededor e indignarme ante la indignación de muchos de mis
compañeros que protestan por la pérdida de su poder adquisitivo, pero miran hacia otro lado
mientras un niño muere en ese instante por no tener una aspirina, o mientras el futuro
inmediato de los niños de su propio rellano de escalera está en el aire, porque a sus padres
los han despedido del trabajo.
Llevamos mucho tiempo oyendo hablar de los motivos que nos han traído hasta aquí. Ya somos
todos expertos en economía de mercados, sabemos lo que ha pasado con las financiaciones
bancarias y todos hablamos con mucha seguridad de la burbuja inmobiliaria...
¿Y ahora qué? Jamás he escuchado una sola voz que reconozca haberse equivocado, bien por haber
vivido por encima de sus posibilidades, o por haber considerado “necesarias” cosas que en
realidad no lo eran.
Es fácil echar la culpa al sistema, a los bancos, a los gobiernos,... lo difícil es asumir
nuestra propia responsabilidad.
Asumo que por mi actitud y mi forma de vida en el pasado he sido parte del problema, y entiendo
que ahora me corresponde ser también parte de la solución.
Empezaré por arrimar el hombro ante esta situación desesperada para tanta gente. Y continuaré
proponiéndome, firmemente, cambiar mi escala de valores y dejar de dar tanta importancia a esas
cosas que, supuestamente, me hacen feliz y que cuestan dinero: con mis necesidades básicas
cubiertas, lo que verdaderamente me hace feliz... es gratis.